La edición de hoy de el diario "El Correo" dedica una interesante página al abandono de la nave política socialista (no de carnet, pero sí de cualquier cargo orgánico o público) de Jordi Sevilla, una de las promesas del puño y la rosa que hace nueve veranos aupó a Zapatero a la secretaría general del PSOE y que meses antes de que el leonés llegara a La Moncloa se comprometió a impartir en un par de tardes lecciones económicas suficientes como para ponerle al día (a la vista están las carencias de aquellas enseñanzas. Puede que hiciera novillos Zapatero). La marcha de Sevilla, la relegación a secundarios de Caldera, Antonio Cuevas o Álvaro Cuesta o la reciente patada hacia arriba recibida por López Aguilar evidencian una de las grandes causas del tremendo lunar demócratico del sistema político español; la falta de mecanismos que limiten el poder interno de un dirigente supremo (presidente, secretario general, coordinador general, portavoz o como quiera llamarse) y/o el del aparato que le rodea. No es un problema de cada uno de los partidos políticos sino que afecta en su conjunto a la Democracia española al restringir el derecho (y obligación) de la ciudadanía a la participación política a través del mecanismo partidario (por otra parte endogámico y restrictivo), limitando a aquélla al campo de la sociedad civil, contrapoder necesario pero inexistente y desarticulado hoy en nuestro país.
Cuando un José Luis Rodríguez Zapatero cualquiera (el nombre aquí es la anécdota y puede sustituirse por cualquier otro) decide relegar a los más valiosos y capacitados simplemente por tener ideas ya no heterodoxas sino en más o menos ocasiones diferentes a las del capitán para sustituirlos por pelotas, ociosos y oportunistas especializados en el manejo de los tiempos, el problema no está tanto en el liderazgo como en el contraliderazgo que debe garantizar que el primero se realiza en beneficio tanto de los afiliados a un partido como de la sociedad en general. Ciertamente, un buen líder es aquel que sabe gestionar equipos y no aquel que los crea fumigando, sin más, a quién simplemente disiente. Por eso también un Rodríguez Zapatero común es culpable pero nunca podría haber hecho y deshecho al gusto si previamente alguien pudiera haberle parado los pies. Es necesario limitar poderes omnímodos porque todos, absolutamente todos los individuos necesitamos algún lisonjero habitual y algún otro que se sume voluntario a la alabanza cuando el aire, piensa, puede soplar a favor. Alguien que nos abanique, nos diga lo guapos que somos, lo estupendo y magnífico de nuestro trabajo. No sé, alguien que mienta sobre nosotros hasta conseguir reconfortarnos creyéndonos el engaño y la falsedad. Una cuota de narcisismo prescindible pero inconscientemente necesaria.
Esta vanidad de la que jamás haremos gala pero que es consustancial a nosotros mismos debe, a mi juicio, saber administrarse. Al líder, al poderoso circunstancial, son varias las posibilidades que se le plantean cuando los objetores opinan. La primera es hablar con ellos, reflexionar, escuchar e integrar con generosidad y, por qué no decirlo, con sapiencia. Es la opción a la que muy pocos, por no decir prácticamente ninguno, recurren. La segunda es la elegida por el propio Zapatero con su disidencia interna: destinos dorados, fundaciones y laboratorios huecos o plaza fija en un asiento rojo con portátil y botones de colores. Es la opción que suelen escoger los jefes de empresa, líderes políticos o presidentes de colectivos diversos que pueden permitírselo, es decir, que disponen del suficiente pan como para que ninguno de los sentados a la mesa se quede sin comer algo, aunque sea el cuscurro.
Sin embargo, a pesar de las alternativas, los líderes modernos suelen mirarse, irónicamente, en espejos plenomedievales. Concretamente en el abad de San Ponce de Tomeras. Según la leyenda, Ramiro II el Monje, representado por un emisario, se acercó un día a pedir consejo a su antiguo maestro para ver cómo podrían solucionarse los problemas que algunos nobles le estaban ocasionando al monarca al negarse a obedecer ciertas órdenes o a hacerlo a regañadientes. El abad invitó al emisario a que contase al rey lo que estaba viendo hacer en aquel momento, que no era otra cosa que cortar las rosas que más sobresalían en el jardín del monasterio. El rey entendió el mensaje e hizo lo propio con los rebeldes, los disidentes de ayer, los bulliciosos oponentes de hace casi novecientos años.
Hay una palabra del texto dedicado a la marcha del ex ministro de Administraciones Públicas que me ha llamado poderosamente la atención: cariño. Sevilla consideraba que Zapatero no le había dado el suficiente cariño. No era poder (lo tenía), ni dinero (ganará más ahora en la empresa privada) ni un aurresku en su honor. No, no era nada de eso, sólo cariño, algo que sólo los engreídos, los que han olvidado que sólo los dioses son inmortales y los que no alcanzan a ver nada más lejos de su crecido ombligo, son incapaces de entender. Por desgracia, son las características de casi todos los que deberían administrar su poder sabiendo reconocer el trabajo, agradecer el esfuerzo, incorporar a quienes lo merecen más allá del servilismo y, por supuesto, siendo capaces de demostrar cariño en vez de sacar el vergajo cada vez que alguien levanta la mano.
Pobres, muy pobres seremos si nuestros líderes no están a la altura.
Javier Perote
Hace 3 horas
